Desierto de asfalto.

En un desierto de asfalto vivo yo. Rodeado de fríos gigantes de hormigón y acero, sobre un suelo gris, triste y monótono, desnudo e inerte. La basura, la mugre y los desperdicios decoran este deprimente escenario, perfumado con las pestes de miles de tubos de escape y los eructos de un empachado alcantarillado. La banda sonora que me acompaña es una terrible remezcla de estridentes motores y ululantes sirenas. Vivo en Barcelona, donde el cielo es blanco de día y naranja de noche.

Sin embargo, incluso aquí, en este mundo humano, hecho a medida, construido por nosotros y para nosotros, incluso en este desierto de asfalto viven animales.

Viven entre nosotros, bajo nosotros y sobre nosotros, son nuestros vecinos, nuestros amigos y enemigos. Los vemos casi cada día, pero no los observamos. Viven en nuestra casa, pero no sabemos ni su nombre.

Cucarachas y pececillos de plata son dos artrópodos muy comunes en mi ciudad. Pero hay muchos más animales por aquí. También hay vertebrados como palomas, gaviotas, gorriones, urracas, ratas, ratones, gatos, murciélagos o salamanquesas.

La verdad es que echo de menos un espacio natural, y siempre que puedo me escapo de la ciudad. Pero ni siquiera este desierto de asfalto está carente de vida. Solo hay que saber mirar.