La picadura de la medusa

El pasado verano tuve la suerte, si buena o mala lo dejo a vuestra discreción, de saborear el singular escozor producido por la picadura de una medusa. Concretamente la de una Cotylorhiza tuberculata, la colega amarillenta-naranjosa de la foto que parece un huevo hervido flotante.

La verdad es que me decepcionó un poco la baja intensidad del daño de su picadura, me la esperaba algo más fuerte, y me sorprendió que la marca se borrase tan rápido de mi piel. Pero se ve que es normal que estas medusillas mediterráneas no produzcan grandes estragos a los seres humanos, y su picadura está considerada muy leve.

Pero en cualquier caso, la culpa no fue de la mesusa. En el parte dejamos bien claro que el que se saltó el semáforo y chocó con ella fui yo. Como sabréis las medusas son unos cazadores pasivos que navegan a la deriva, allá donde les lleve la corriente, con los tentáculos tendidos como una trampa para pececillos.

Las medusas, científicamente conocidas como escifozoos (Scyphozoa) pertenecen, junto a las anémonas y los corales, a un grupo del reino animal conocido como cnidarios (Cnidaria). Pero los escifozoos no tienen toda la vida esta forma típica de medusa y van por ahí campando libremente por las corrientes con los tentáculos colgando, no. Todos los cnidarios pasan antes por una fase de pólipo, la forma sésil, como las anémonas, la casa donde vivie el pez Nemo.

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